08 agosto 2010
06 agosto 2010
Sánchez Bolín en Harlem (XIX)
Hay que irse para poder regresar.

Los neoyorkinos miran a sus BlackBerrys e iPhones y nosotros a un Yellow Brick Road hecho con tacazos de queso.

Hay que ser viajero para no ser emigrante. Hay que inventarse una casa para no estar perdido.
Hay que volver.
Hay que volver.
Sánchez Bolín en Harlem (XVIII)

Vi prodigios.
Al oso polar que rezonga en el trópico de Central Park. A dos hermosas muchachas rusas servirnos tres cervezas belgas en el parque Dag Hammarskjöld, al lado de las Naciones Unidas. Y podéis creerme, eran realmente tan bellas como discretas. Y vimos al agente Callahan montando brioso a Protector y a las ancianas del distrito Diecisiete atiborrarse de filetones a la brasa despreciando tantos y tantos consejos.
Al oso polar que rezonga en el trópico de Central Park. A dos hermosas muchachas rusas servirnos tres cervezas belgas en el parque Dag Hammarskjöld, al lado de las Naciones Unidas. Y podéis creerme, eran realmente tan bellas como discretas. Y vimos al agente Callahan montando brioso a Protector y a las ancianas del distrito Diecisiete atiborrarse de filetones a la brasa despreciando tantos y tantos consejos.

Y corrí desde la Ochenta y Seis con Madison Avenue hasta la calle Ciento Veintiseis y podéis creerme, mi sudor regó la calle y creó un río en el que saltan mis recuerdos, y entre las rocas, haciendo espuma, bajaron estos días y estas noches.
Y cenamos tres chuletones como tres orejas de elefante indio. Porque de todo hay en Nueva York y los treinta cuatro años tienen que celebrarse así, con la carne suprema y un concierto de Rufus Wainwright. Y podéis creerme, en el Fairway de la Ciento Veinticinco tienes que ponerte un anorak para salir ileso de la carnicería.
Y cruzamos Central Park para llegar a su zoo.
Y cruzamos Central Park para llegar a su zoo.
Y vimos al leopardo de las nieves que arrastra su pata alfombrada hasta el abismo de su alucinada presencia en los noventa Farenheit. En la FAO Schwarz buscamos a los niños que no están aquí. Y fotografiamos excusas que enseñarles cuando volvamos a Fort Apache. Y podéis creerme, es verdad que no puedo vivir sin ellos.
Y bajamos por la Tercera haciendo zigzags hasta la New York Public Library, levantada cuando los magnates regalaron a la ciudad el edificio que será la envidia de todas las bibliotecas allá donde los magnates regalen bibliotecas. Y podéis creerme, no hay mejor monumento a los libros que un lugar como éste en el que el olor a madera y la luz que se filtra desde una lámpara verde permiten a cualquiera disfrutar de lo que otros escribieron sin pensar en lo que pudiera venir después.
Y dormimos.
Y bajamos por la Tercera haciendo zigzags hasta la New York Public Library, levantada cuando los magnates regalaron a la ciudad el edificio que será la envidia de todas las bibliotecas allá donde los magnates regalen bibliotecas. Y podéis creerme, no hay mejor monumento a los libros que un lugar como éste en el que el olor a madera y la luz que se filtra desde una lámpara verde permiten a cualquiera disfrutar de lo que otros escribieron sin pensar en lo que pudiera venir después.
Y dormimos.

Y volvimos a caminar esta ciudad que es una loncha de hormigón plagada de chicles negros. Buscamos el puente de Brooklyn y nos tostamos al sol que se camufla con la brisa para calcinar mis brazos. Y podéis creerme, en Ignazio's puedes comer The Pizza a la sombra del puente que añora Woody Allen cada vez que sale de esta ciudad maravillosa a buscarse los garbanzos.

Y navegamos en un taxi amarillo. Desde Brooklyn hasta la Treinta y Dos. Y vuelta al sendero para atravesar el Village y entender a qué sabe un pastel de cinco dólares y medio. Y podéis creerme, los pagaría de nuevo si sé que me espera la Octava con sus aceras anchas y el espectáculo de los que se aman. Que sesenta calles hasta la estación de Metro de la Setenta y Dos son un regalo.

Y llegamos a Harlem. Y volveremos a Fort Apache.
Y podéis creerme, Fort Duke es mi casa, y así lo será mientras ahí ondee la bandera de mi hermano Julio.
Y podéis creerme, Fort Duke es mi casa, y así lo será mientras ahí ondee la bandera de mi hermano Julio.
05 agosto 2010
04 agosto 2010
03 agosto 2010
02 agosto 2010
Sánchez Bolín en Harlem (XIV)

En Nueva York hay de todo, menos los hijos, agazapados al otro lado del teléfono, a miles de millas. Sus voces son dulces, sus preguntas son atinadas, mis respuestas son torpes. No puedo hablar con el alambre de espino abrochando mi garganta, quiero estar con ellos sin irme de aquí.

De todo, decía. Hasta cinco claustros medievales franceses. Preparamos un hatillo Spanish style, con su tortilla de patata, esta vez sublime; con los pimientos fritos, evocadores y formidables; con el pollo empanado, de película clásica.
El camello de San Baudelio de Berlanga llegó hasta aquí a buscar al unicornio mítico. Y lo encontró con la ayuda de Rockefeller, como casi siempre.


De vuelta a Fort Duke, muchas cosas. Perros que no mean, teatros, iglesias, parrillas, consultorios odontológicos, hospitales cósmicos, la casa de Duke Ellington, partidos de baloncesto y la placidez de un domingo por la tarde.

Termino estas líneas, a mi izquierda, por la ventana, veo el Empire State luciendo blanco y azul.
Sí, en Nueva York hay de todo.
Sí, en Nueva York hay de todo.
01 agosto 2010
Sánchez Bolín en Harlem (IX)
Laproaig bien administrado es garantía de sueño plácido y despertar sereno. El sábado en Harlem es un brunch con huevos revueltos en su punto, tomates y queso y salchichón. 
Hay que digerir Modern Times hasta comprender como el genio sobrevive al azote ácido del tiempo. Y eso en una ciudad que se permite a David Hasselhoff por las paredes.

En Brooklyn hay tiendas de ropa de segunda mano y de regalos de gusto exquisito, restaurantes franceses, festivales de rock al aire libre y aceras y aceras. En el Village hay música a raudales, y promesas de cinco shots por cinco dólares. Y una noche que no empieza ni termina.
31 julio 2010
Sánchez Bolín en Harlem (VII)

Después de leer sobre el apocalipsis que trajo la democracia, en el barco de nuestros zapatos navegamos cuatro millas y pico por el Bridle Path.


Todas las calles hasta el quiebro que nos pone a la puerta del Chelsea Hotel. Hay que tragarse un sable en un Subway para llegar al Film Forum donde Chaplin nos descubrirá que todo está inventado porque lo inventó él.
Y si hay miles de libros, ¿por qué no podemos comprarlos todos? De Jeff Bridges, sobre Hopper, el Magic School Bus, Greendale, sobre The Sopranos.
Y si hay miles de libros, ¿por qué no podemos comprarlos todos? De Jeff Bridges, sobre Hopper, el Magic School Bus, Greendale, sobre The Sopranos.

En Japonica se cierra el círculo. El pescado es capturado desde el barco y a la mesa te llegará en otro barco. Pescado sin olor y con sabor. Las Sapporo. Y el perfume del jengibre, del rábano, del wasabi, del ¿perejil?
Sánchez Bolín en Harlem (V)
El Ambigú se perdió como lágrimas en la lluvia y yo estuve en Blade Runner el miércoles por la tarde. Los niños juegan a Star Wars aunque Lego ofrece también reproducciones de arquitectura en blanco, gris y negro.

Calor, comercio, idiomas extraños. Música, Laproaig, Dashiell Hammett. Con qué hilo se teje el verano. Con qué ilusión se salta un océano. Crucé océanos de tiempo para encontrarte.

Comimos en un restaurante chino con dos altares, vimos rechazar ranas poco apetitosas, esquivamos la muerte por chocolate. Y vimos un policía que comía en la terraza con la identificación en el salpicadero del Impala. Y en The Evolution Store la ventana tenía cientos de dientes, y las arañas eran como centollos, y las mariposas como pájaros, y nuestros ojos fueron platos. Y Peter Lik nos descubrió dónde nace el azul de tus dulces ojos neoyorkinos.

En la barahúnda de la tienda de ropa vimos el fantasma del Singer Building y rato después nos cruzamos con el espíritu en bronce de Fiorello H. Laguardia.

En Nueva York los edificios, a remedo de las iglesias, tienen campanarios rellenos de agua en grandes depósitos y en un bar del siglo dieciocho los muchachos del arco iris tararean melodías de loa viejos musicales.

El cansancio nubló mi vista, Nick Charles lo comprendió todo, dormí plácidamente.
29 julio 2010
Sánchez Bolín en Harlem (IV)

En el J.G. Melon te atenderá Michelle Pfeiffer cuando sea mayor y las hamburguesas serán de nata montada y nuestras risas decorarán el aire entre cuadros de sandías.
Verás rubias de piel transparente y mirada gélida, hermanos que no lo son y un anciano que sonríe en el estupor de aquella estatua del Whitney.
Por dieciocho dólares descubrirás a Charles Burchfield y la vuelta de la esquina te encontrarás con Early sunday morning donde las bocas de incendio tienen la sombra azul.
Verás rubias de piel transparente y mirada gélida, hermanos que no lo son y un anciano que sonríe en el estupor de aquella estatua del Whitney.
Por dieciocho dólares descubrirás a Charles Burchfield y la vuelta de la esquina te encontrarás con Early sunday morning donde las bocas de incendio tienen la sombra azul.

Recorremos la cuadrícula infinita, el escenario eterno de la pulsión del comercio, el portal de Belén de la fantasía de plástico, las mil iglesias, los talleres de uñas, las cárcavas de ladrillo, las ventanas que espejean nuestro sueño de viajeros sin billete de vuelta.

Si no tienes dioses te los puedes inventar, rezar, venerar y temer. O comértelos antes de que te devoren.
Y mientras tanto, los niños chapotean en los parques y las carpas regresan al agua una vez tras otra.
Y mientras tanto, los niños chapotean en los parques y las carpas regresan al agua una vez tras otra.





















