24 noviembre 2012

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30 octubre 2012

Lluvia



Visité una fábrica que me apabulló por su complejidad, por su lejanía, por los nombres. Reconocí su olor y recordé el camino al completo. El que sale de la miseria y lleva hasta la nada.
Y el día siguió. 
Llueve sin parar. 
Ayer, esta mañana, hace un rato, después de no comer, leí palabras que llegaron desde los aledaños de un huracán. Respiré y respiramos.
Escuché el viento que asusta ventanas y pensé en el ciclista chino que se la juega por nada. 
Hay muchas maneras de resistir un huracán. 
Una de ellas es abrazado a una perra negra llamada Princess, envuelto en más abrazos, aterrorizado o no. Seguro y a la vez muerto de miedo. Viendo pasar el día, y su noche, en la mecha de una vela que se consume mientras las lámparas no se rinden. 
Acorazados de libros, de tabaco, de esto y de lo otro. 
Escondidos en un abrazo. 
Esperando que cese la lluvia.

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27 octubre 2012

Invierno/otoño




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25 octubre 2012

Ciudades




Recorro la ciudad gris en la amanecida, incluso antes. Conté aquí que hay luces, vapor, colores azules y negros esperando la embestida de los grises. Nubes, reflejos de John Ford y aceras y caminos. Y el pánico del día que se abalanza.
Hay otra ciudad en mi vida. La noche del miércoles caminé por Manhattan buscando la soledad. El jueves sabría que J. y F. la espantaron hasta donde habite el olvido. Bajé diez o veinte calles hasta la 47. Giré hacia el este, hasta un busto de Hammarsjöld, camino de las Naciones Unidas, buscando un banco junto a una fuente. Deambulé enredado en los brazos de la ciudad, tan insomne como yo, que también se despereza, que no deja de rugir mientras espera al nuevo día, seis horas viejo desde Europa. 
Di vueltas, subí en zigzag desde la 46 hasta Bryant Park, que rodeé, que tiene una exposición de fotografías sobre su historia luciendo en una verja, que en su lado sur se honra con el The Engineers Club y su placa a Nikola Tesla. 
Esperé que brotara la muchedumbre, observé horarios de apertura y trabajadores alfombrando el nuevo día. 
La soledad me rehuía, me supo protegido, abrigado, escoltado desde la 2023 y desde 2nd Ave.
Qué cobarde criatura.
Aunque sé que sigue acechando, en la ciudad, en las ciudades.
Donde se embosca la soledad. 

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20 octubre 2012

En Nueva York es octubre





JG Mellon siempre
un bar irlandés, el sobrino de Obama y Freddy Mercury y el vómito
Bonano, el suegro perfecto
aceras, aceras, y un banco en la plaza Hammarskjöld
lejos, hasta el Chelsea Market por lo menos
el contraterrorismo ciudadano y nuestras Buds
el arte y sus misterios
nosotros y nuestra sed
cócteles vía Japón
sake en las catacumbas
saltos hacia atrás y pescados que te miran
viaje al pasado en bicicleta
el grito, los abrazos, la sangre, todo en una acera de Nueva York
la lluvia, la tinta y tu postal
y Linda era, y además francesa
y la conversación hasta allí, y la de vuelta
risas, gacelas, astronautas
el caos, las bolsas de papel, el espino en la garganta
la grisura, la verdad y el futuro






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14 octubre 2012

Perdido




Sæglópur. 
Lost at sea. 
Perdido en el mar.
No importa dónde. 
Perdido a fin de cuentas.
Pasó el jueves y sus cócteles. 
Pasó el viernes y sus lágrimas. 
Pasó el sábado y no pasó nada. 
Pasará el domingo sin saber.
Pasaré el océano, tal vez.
Seré otros ojos, seguro que sí.
Escribiré una postal con tinta negra o azul.
Volveré.
Volveré para irme.
Para estar perdido.
Perdido en el mar.
Lost at sea.

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14 febrero 2012

Cuatro puntos

Mi vida limita al norte con Neil Young, al oeste con James Ellroy, al este con MVM y al sur con tu sonrisa.
Habito un cuadrilátero donde combato con mi sombra, que me va ganando. Desde la ventana distingo cielos de John Ford y un cuadro de Rothkowitz a medio terminar, como casi todo. Los bloques de ladrillo enmarcan la realidad gris y prologan las carreras de los niños, tan ajenos a todo y a nada, de listos que son.
Al norte está Lindes, al oeste hay promesas y la mirada de Julio, al este el viento frío que Dersu nos envía para avisarnos y al sur la Sevilla que conocí en un carruaje mientras esperaba el siguiente zumo de naranja.
Arriba mis canas, abajo mis pies que tanto te recuerdan, a la izquierda el corazón y a la derecha una navaja EKA. Poco equipaje, mucho que transportar, sólo líneas de un código indescifrable.
Al norte la piedra gris, protegiéndoos; al sur, y en invierno volver al sur; al este, acero y azul; al oeste, the promise land.
Pasan los días, entre cuatro esquinas, entre cuatro puntos.

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30 agosto 2011

La banda de los musulmanes (1.959)


A cada minuto llegaban nuevos coches patrulla, vomitando policías como si se estuviera preparando una invasión. Otros habían bloqueado Lenox Avenue a la altura de las calles 128 y 126, y habían cortado la 127 a ambos lados.

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19 julio 2011

Desayuno en Tiffany's (1.958)



- No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell - le aconsejó Holly -. Esa fue la equivocación de Doc. Siempre se llevaba a casa seres salvajes. Halcones con el ala rota. Otra vez se trajo un lince rojo con una pata fracturada. Pero no hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted, Mr. Bell, si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo.

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26 junio 2011

Y Sánchez Bolín perdió el teléfono móvil

Los jueves, milagro.
Si crees que recoger el certificado de empresa y cortarte el pelo al uno es lo mejor que te puede pasar un ocho de junio, es mejor que leas lo que sigue.
Una llamada de teléfono te pondrá en marcha y correrás a casa para rescatar el pasaporte, los billetes verdes y las camisetas negras. El billete de avión será cosa de un iPhonazo, quizá desde el Cassandra, y el de AVE vendrá desde la impresora al lado de la mesa del tapete verde. Y llegará el viernes y todo empezará.


El bar es añejo y ofrece jijas con huevos como contribución la dieta posposposmoderna. Me tomo un café con mi madre y todo es Innisfree, un intervalo de tiempo detenido en el bosquejo de un viaje tras otro.
Quedo con F. en la piscina donde entrenan los toreros y después planearemos en el metal rojo, a cielo abierto, envueltos en Mattafix. Olvido comprar el survival kit y me siento a metro y medio de Esther Castañas, que representará, en exclusiva para la bisnesclas, Mantecada para Dos.
Fui un niño que soñó con aviones, que supo sus nombres, que los dibujó mal, y cuyo miedo venció a la ilusión. Años después, derrotado el pánico tras dos viajes a Chile, F. me bautizó donde el Duero se sube al Pisuerga y volví a soñar.
Si tienes el despacho en el cockpit de un Airbus y no tienes más pasillos que los del cielo y sus nubes y si te invitan a compartir el momento supremo en el que la pista se acaba y el suelo se aleja de ti, entonces serás niño otra vez. Y eso nunca se lo agradecerás lo bastante al Comandante C. T. y a su Segundo F.V., jinetes del caballo de acero y aluminio que persiguen los rastros que llevan al Oyster Bar.
Cruzamos el océano huyendo del futuro inexistente y, mientras leo a Dashiell Hammett, el mito nos llama. La tormenta cierra JFK y partimos a Maine, la tierra que vio nacer a John Ford. La prudencia no me dejó besar el suelo de Bangor, pero respiré su aire y vi sus bosques tremendos y la potencia descomunal de la USAF y sus aviones grises. Es lo más cerca que estaré nunca de la tierra donde nació John Ford, aquel tierno gruñón borracho que hacía westerns, ya desconocido entre muchos. Pero esa bocanada de aire húmedo capturada tras la tormenta es para mí.
Excuse me, excuse me es una forma como otra cualquiera de anticipar un abrazo con J., ahí en la mismitita calle 42. Comemos en la madrugada de Gotham de camino a un bar irlandés (tras intento fallido en un desquiciado McFadden’s) donde mis hermanos y yo afrontamos la tarea (a man’s job) de aligerar de cerveza las reservas de la ciudad.
La mañana del viernes es shopping time y una carrera hasta el Spanish Harlem. Una clase de historia de España, con su Felipe II y todo, en el estupor de un todero y estamos listos para atacar otro bar más, esta vez cubano. Y discutimos sobre este país que queremos y que odiamos, que es nuestra casa y nuestro cadalso. Unas Presidentes más tarde (todo evoca la literatura que nos nutre, la música que nos salva, el cine que nos fascina) corremos hasta el JG Melon, catedral de la Hamburger donde me zampo un Roast Beef Sandwich y me quedo como dios. F. descansa en el hotel y J. me regala un paseo por la conversación inteligente, inigualable y, por tanto, inolvidable.
Aprovecho para perder el móvil con sus fotos y todo. J. consigue descargar la batería del suyo y con un teléfono para tres nos vamos a un restaurante argentino donde comemos buena carne y yo demuestro que la Gestión de la propina como elemento de estímulo empresarial es una asignatura que me debí de perder. Mis hermanos y M. (mi dulce profesora) resuelven con elegancia mi torpeza y partimos hacia otro bar irlandés. Rellenamos de billetes verdes un jukebox con pantalla LCD. Cuando la tormenta arrecia en la calle J. me habla y yo lo escucho y pienso qué más se puede pedir a un viernes de junio: nada.
Bueno, sí. Que los bares de Nueva York no cierren a las cuatro. O al menos, que alguien nos explique porqué.
Dormimos los tres juntos, como en aquellos ejercicios espirituales a los que yo no iba para estar con J. y F. Y así nos levantamos camino de Pershing Square para desayunar un Steak & Eggs que nos pone en nuestro sitio. F. y yo vamos al sur, al encuentro los Hare Krishna, hare, hare. En Union Square hay un mercado de frutas y verduras de la región, una tienda de deportes cojonuda y el itinerario bajo la lluvia al encuentro de J.
Nos reímos como nunca o como siempre antes, durante la comida en el coreano y después, paseando por la Quinta Avenida. J. y yo subimos al Spanish Harlem para despedirme de la dulce profesora, en verano, sin botas.
Día de Puerto Rico. Tarde de barbacoas; de reguetones; de policías y vallas; de rojo, blanco y azul; de respirar el sábado por la tarde; de repetir mis pasos de invierno; de llamar tres veces; de despedirme de esta ciudad que me tiene embriagado.
Volveré, tengo que encontrar mi book of shadows.

dedicado a J. y F., por estar aquí

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23 mayo 2011

La vida fácil (2.008)


Fijó la mirada en el techo durante un rato, luego volvió a cerrar los ojos.
No se sentía mal.

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31 enero 2011

Sánchez Bolín buscando a Houdini (y XI)

Escapé de las fauces de la nieve, salí de la garganta negra de la noche de Nueva York, dejé mi corazón hecho jirones cuando ví, otra vez, la cara del niño de cuatro años que anticipaba llorando cualquiera de nuestros regresos desde la ciudad gris.



Viví rodeado del frío que sólo los países ricos se pueden permitir. No lo sentí bajo mi atuendo multicapa, me acogió la chimenea de Fort Duke, bebí Laproaig en camiseta, comí carne de Ottomanelli’s guisada por las manos como palomas blancas, dormí poco y soñé más.
Hablamos mucho, entre las lianas de la inteligencia y el cariño, vimos a Dylan Thomas (Al demonio las estrellas, se dijo, y echó a andar hacia la oscuridad) mirando desde un cuadro.
Recorrimos la ciudad que fue promesa, que fue condena, que fue el insomnio, que tenía un tren que te llevaba al jazz, que se ilusionó cuando llegaban los barcos, que respiró libertad cuando no tenía ni nombre.
En los bares irlandeses descubrimos que las barras de madera de nogal admiten nuestra carne hispana, y que la cerveza reconforta y calienta retando los ochobajocero. Respiramos el aire que dejaron los poetas y los policías y los carniceros y los que soñaron, si quiera un minuto, con el dulce sabor de la paz y del reconocimiento.



Fort Duke tiene nombre de Duke, el perro que se estira para empujar su cuello contra mi mano. Compendio de bultos y proezas masticadas, tira de mí cuando acompaño a la dulce profesora con botas y a la princesa japonesa llamada Princess. Enguanto mi mano en una bolsa de plástico y me siento ciudadano perpetuo del fuerte donde, como en aquella casa que vive en mi destartalada memoria, siempre te reciben con una sonrisa.
En 6th Av. con la 46 está el cubo que señala la sede del Wall Street Journal. Si el cine en 3D no te jodió los ojos verás, unos metros más allá, el marcador que indica la deuda pública nacional de este paraíso. Yo pensaba que catorce billones era un número que sólo salía en la calculadora cuanto pulsabas de más el cero. No, es lo que el Estado debe a sus acreedores. 14.052.524.354.080 dólares, o bucks, como prefieran. A las catorce y cinco, hora de allí, del veinticinco de enero de este puto año. Queda para la estadística y para adornar este diario con unos numeritos.



Houdini hizo del escapismo un arte, espejo en el que los emigrados se miraron y pudieron entrever un futuro sin cadenas. Se mofó del espiritismo y luchó con bravura contra los truhanes que hacían negocio con las almas apesadumbradas. Y amó a su mujer, escribió libros, saltó a los ríos esposado y regaló evasión, regocijo e ilusión a sus contemporáneos. Fui a honrarlo al Jewish Museum, entre la nieve y los arcos de seguridad, y sentí el pálpito de una época en la que el futuro todavía se escribía con mayúsculas.



Llegó el último día. Nos atracamos en el Carnegie Deli, masticamos como dos depredadores en la cúspide de la cadena trófica, cogí un metro de la mano de mi cabezonería y crucé el océano.
Y llegando me di cuenta de que mi corazón se dejó un trozo en una isla llamada Manhattan, al norte de Central Park North, donde la piel es negra y la sangre que bombean los corazones es tan roja como la mía.

dedicado a J. y a M., que me acogieron
y a F., que me hizo volar

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Sánchez Bolín buscando a Houdini (X)



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Sánchez Bolín buscando a Houdini (IX)




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Sánchez Bolín buscando a Houdini (VIII)




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Sánchez Bolín buscando a Houdini (VII)




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25 enero 2011

Sánchez Bolín buscando a Houdini (VI)


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Sánchez Bolín buscando a Houdini (V)




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Sánchez Bolín buscando a Houdini (IV)



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24 enero 2011

Sánchez Bolín buscando a Houdini (III)






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