03 septiembre 2014

Está decidido



En verano, I (we) will arise and go now, and go to Innisfree, y en invierno... en invierno viajar al Sur.

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01 agosto 2014

Veranear



Veranear era cuando el verano no tenía fin. 
Cuando de niños no sabíamos la fecha de ida ni la de regreso. Cuando las golosinas de tía L. y los cacahuetes de C., cuando los Kas de naranja con tío P. y las tortillas de jamón de la abuela María Flor, que me enseñó a leer. Cuando la Vega del Ciego con el capitán Blanco, que murió coronel, cuando la cuenta atrás hasta la piscina, cuando las noches camuflados en las tertulias de los mayores.
Cuando nos reíamos tanto, cuando las bicicletas eran de colores, cuando los viajes a la playa tan épicos.
Mi veraneo es el sol entrando en el portal enorme de Arzobispo Blanco, la abuela María Flor sentada en el banco negro y el suelo reluciente, apenas el tictac del reloj de la cocina.
Ahora mis veranos son tus ojos azules, mis hijos, los libros.
El verano es que te digan desde Innisfree que tengo muchas ganas de verte. Que podamos volver a Quirós a llorar el tejo de Bermiego, que pueda subir a veros y a lloraros, que les cuente a mis hijos de cuando veraneaba.
Y más. 
En Innisfree esperamos tu alegría, te llevaré a verlo todo, a conocerlo todo, a saberlo todo. Después, en la tierra de Yeats, leeremos aquellos versos:

I will arise and go now, and go to Innisfree,
And a small cabin build there, of clay and wattles made:
Nine bean-rows will I have there, a hive for the honey-bee;
And live alone in the bee-loud glade.

Escribiremos nuestro diario irlandés.
Nuestro.


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25 octubre 2012

Ciudades




Recorro la ciudad gris en la amanecida, incluso antes. Conté aquí que hay luces, vapor, colores azules y negros esperando la embestida de los grises. Nubes, reflejos de John Ford y aceras y caminos. Y el pánico del día que se abalanza.
Hay otra ciudad en mi vida. La noche del miércoles caminé por Manhattan buscando la soledad. El jueves sabría que J. y F. la espantaron hasta donde habite el olvido. Bajé diez o veinte calles hasta la 47. Giré hacia el este, hasta un busto de Hammarsjöld, camino de las Naciones Unidas, buscando un banco junto a una fuente. Deambulé enredado en los brazos de la ciudad, tan insomne como yo, que también se despereza, que no deja de rugir mientras espera al nuevo día, seis horas viejo desde Europa. 
Di vueltas, subí en zigzag desde la 46 hasta Bryant Park, que rodeé, que tiene una exposición de fotografías sobre su historia luciendo en una verja, que en su lado sur se honra con el The Engineers Club y su placa a Nikola Tesla. 
Esperé que brotara la muchedumbre, observé horarios de apertura y trabajadores alfombrando el nuevo día. 
La soledad me rehuía, me supo protegido, abrigado, escoltado desde la 2023 y desde 2nd Ave.
Qué cobarde criatura.
Aunque sé que sigue acechando, en la ciudad, en las ciudades.
Donde se embosca la soledad. 

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06 septiembre 2012

The quiet man (1.952)

17 agosto 2012

Bajo un cielo de John Ford


Fort Apache.


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14 febrero 2012

Cuatro puntos

Mi vida limita al norte con Neil Young, al oeste con James Ellroy, al este con MVM y al sur con tu sonrisa.
Habito un cuadrilátero donde combato con mi sombra, que me va ganando. Desde la ventana distingo cielos de John Ford y un cuadro de Rothkowitz a medio terminar, como casi todo. Los bloques de ladrillo enmarcan la realidad gris y prologan las carreras de los niños, tan ajenos a todo y a nada, de listos que son.
Al norte está Lindes, al oeste hay promesas y la mirada de Julio, al este el viento frío que Dersu nos envía para avisarnos y al sur la Sevilla que conocí en un carruaje mientras esperaba el siguiente zumo de naranja.
Arriba mis canas, abajo mis pies que tanto te recuerdan, a la izquierda el corazón y a la derecha una navaja EKA. Poco equipaje, mucho que transportar, sólo líneas de un código indescifrable.
Al norte la piedra gris, protegiéndoos; al sur, y en invierno volver al sur; al este, acero y azul; al oeste, the promise land.
Pasan los días, entre cuatro esquinas, entre cuatro puntos.

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26 junio 2011

Y Sánchez Bolín perdió el teléfono móvil

Los jueves, milagro.
Si crees que recoger el certificado de empresa y cortarte el pelo al uno es lo mejor que te puede pasar un ocho de junio, es mejor que leas lo que sigue.
Una llamada de teléfono te pondrá en marcha y correrás a casa para rescatar el pasaporte, los billetes verdes y las camisetas negras. El billete de avión será cosa de un iPhonazo, quizá desde el Cassandra, y el de AVE vendrá desde la impresora al lado de la mesa del tapete verde. Y llegará el viernes y todo empezará.


El bar es añejo y ofrece jijas con huevos como contribución la dieta posposposmoderna. Me tomo un café con mi madre y todo es Innisfree, un intervalo de tiempo detenido en el bosquejo de un viaje tras otro.
Quedo con F. en la piscina donde entrenan los toreros y después planearemos en el metal rojo, a cielo abierto, envueltos en Mattafix. Olvido comprar el survival kit y me siento a metro y medio de Esther Castañas, que representará, en exclusiva para la bisnesclas, Mantecada para Dos.
Fui un niño que soñó con aviones, que supo sus nombres, que los dibujó mal, y cuyo miedo venció a la ilusión. Años después, derrotado el pánico tras dos viajes a Chile, F. me bautizó donde el Duero se sube al Pisuerga y volví a soñar.
Si tienes el despacho en el cockpit de un Airbus y no tienes más pasillos que los del cielo y sus nubes y si te invitan a compartir el momento supremo en el que la pista se acaba y el suelo se aleja de ti, entonces serás niño otra vez. Y eso nunca se lo agradecerás lo bastante al Comandante C. T. y a su Segundo F.V., jinetes del caballo de acero y aluminio que persiguen los rastros que llevan al Oyster Bar.
Cruzamos el océano huyendo del futuro inexistente y, mientras leo a Dashiell Hammett, el mito nos llama. La tormenta cierra JFK y partimos a Maine, la tierra que vio nacer a John Ford. La prudencia no me dejó besar el suelo de Bangor, pero respiré su aire y vi sus bosques tremendos y la potencia descomunal de la USAF y sus aviones grises. Es lo más cerca que estaré nunca de la tierra donde nació John Ford, aquel tierno gruñón borracho que hacía westerns, ya desconocido entre muchos. Pero esa bocanada de aire húmedo capturada tras la tormenta es para mí.
Excuse me, excuse me es una forma como otra cualquiera de anticipar un abrazo con J., ahí en la mismitita calle 42. Comemos en la madrugada de Gotham de camino a un bar irlandés (tras intento fallido en un desquiciado McFadden’s) donde mis hermanos y yo afrontamos la tarea (a man’s job) de aligerar de cerveza las reservas de la ciudad.
La mañana del viernes es shopping time y una carrera hasta el Spanish Harlem. Una clase de historia de España, con su Felipe II y todo, en el estupor de un todero y estamos listos para atacar otro bar más, esta vez cubano. Y discutimos sobre este país que queremos y que odiamos, que es nuestra casa y nuestro cadalso. Unas Presidentes más tarde (todo evoca la literatura que nos nutre, la música que nos salva, el cine que nos fascina) corremos hasta el JG Melon, catedral de la Hamburger donde me zampo un Roast Beef Sandwich y me quedo como dios. F. descansa en el hotel y J. me regala un paseo por la conversación inteligente, inigualable y, por tanto, inolvidable.
Aprovecho para perder el móvil con sus fotos y todo. J. consigue descargar la batería del suyo y con un teléfono para tres nos vamos a un restaurante argentino donde comemos buena carne y yo demuestro que la Gestión de la propina como elemento de estímulo empresarial es una asignatura que me debí de perder. Mis hermanos y M. (mi dulce profesora) resuelven con elegancia mi torpeza y partimos hacia otro bar irlandés. Rellenamos de billetes verdes un jukebox con pantalla LCD. Cuando la tormenta arrecia en la calle J. me habla y yo lo escucho y pienso qué más se puede pedir a un viernes de junio: nada.
Bueno, sí. Que los bares de Nueva York no cierren a las cuatro. O al menos, que alguien nos explique porqué.
Dormimos los tres juntos, como en aquellos ejercicios espirituales a los que yo no iba para estar con J. y F. Y así nos levantamos camino de Pershing Square para desayunar un Steak & Eggs que nos pone en nuestro sitio. F. y yo vamos al sur, al encuentro los Hare Krishna, hare, hare. En Union Square hay un mercado de frutas y verduras de la región, una tienda de deportes cojonuda y el itinerario bajo la lluvia al encuentro de J.
Nos reímos como nunca o como siempre antes, durante la comida en el coreano y después, paseando por la Quinta Avenida. J. y yo subimos al Spanish Harlem para despedirme de la dulce profesora, en verano, sin botas.
Día de Puerto Rico. Tarde de barbacoas; de reguetones; de policías y vallas; de rojo, blanco y azul; de respirar el sábado por la tarde; de repetir mis pasos de invierno; de llamar tres veces; de despedirme de esta ciudad que me tiene embriagado.
Volveré, tengo que encontrar mi book of shadows.

dedicado a J. y F., por estar aquí

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03 junio 2010

The grapes of wrath (1.940)


Rich fellas come up an' they die, an' their kids ain't no good an' they die out. But we keep a'comin'. We're the people that live. They can't wipe us out; they can't lick us. We'll go on forever, Pa, 'cause we're the people.

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01 mayo 2010

Un cielo para John Ford

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15 febrero 2010

Martha y Debbie

09 septiembre 2009

Tobacco Raod (1.941)


Why, Ada here never... never spoke a word to me for the first ten years we was married.
Heh! Them was the happiest ten years of my life.

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10 mayo 2009

How the west was won (1.962)


This land has a name today, and is marked on maps. But, the names and the marks and the maps all had to be won, won from nature and from primitive man.

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06 marzo 2009

Carlos Boyero y Ethan Edwards

19 noviembre 2007

John Ford, las bebidas espiritosas y el deber

Los soldados alcohólicos de las películas de John Ford, siempre in the line of duty:

En The Horse Soldiers el sargento Kirby cata dos veces el coñac de oficiales para aminorar los riesgos que pudieran torcer el curso de la Guerra Civil.

En Fort Apache los sargentos se enfrentan a la tarea de un hombre: destruir el venenoso whisky medicinal con que entontencen a los nativos americanos confinados en la reserva.

En She wore a yellow ribbon el sargento Quincannon no deja de tomar su apestosa medicina por mucho río caudaloso que haya que vadear.


dedicado, con todo el afecto, a don Blas de Lezo

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04 junio 2007

Del Araner al Modiño II

John Ford fijaba la vista contra los cerros de Monument Valley y después se solazaba surcando los mares con el Araner. Nosotros le damos la espalda al otero castellano y nos hacemos un hueco en el Modiño II. Tiene menos madera y en vez de las espaldas de John Wayne tenemos las de un trasunto de Gene Hackman que conduce como los ángeles un coche negro sin pedal de embrague.

Cuando las luces se descuelgan de las farolas exploramos la ciudad nueva para recoger al tercer hombre. El día se estira desde su comienzo y nos pone a disposición un reguero de kilómetros que terminan en un mausoleo de asfalto tatuado con líneas blancas.

La nave irá y mientras tanto cargamos alimentos diversos y cervezas. El día nos regala su mejor planta y comenzamos viaje rasgando suavemente las aguas. La música se esconde cuando apagamos el motor y el viento pasa a ser el combustible de nuestra ilusión. Los tiempos se estiran como en un reloj de Dalí, cambiando la firmeza del tránsito viario por la suavidad sedosa de la navegación.

En la mar hay otra medida más pausada, distinta, fluida, de otra época. En Aldán comemos tras un abordaje sin sables, que aunque inocente deja maltrecho el palo de la rojigualda. Un festival de raciones marineras es el preludio de la foto de los Untouchables, versión gorras viseras y cuellos rojizos. Para la tarde una sucesión de ceñidas que arroparán el número de las aceitunas voladoras. El MAPA nos persigue con un paquebote gigante pero la fiereza de nuestra mirada es suficiente para poner las cosas en su sitio. Cumplimos con nuestro deber y a las once en punto estamos delante de una mariscada de tres alturas con vistas al mar. Tres recogidas de escombro marino dan cuenta de la magnitud de la empresa. No es necesario aportar nada más a esta ceremonia de la satisfacción. El barco es nuestro hogar y así nos acogerá hasta que la luz del domingo nos saque a navegar otra vez. Camino de Ons tendremos que bajar la cabeza ante la tercera ola y buscar el abrigo de la isla. No importa. Nuestra humildad nos reconoce hijos del páramo y fija para más adelante la verdadera aventura, el viaje atlántico hasta Nueva York.

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08 marzo 2007

Ethan Edwards

Let's go home, Debbie

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06 enero 2007

Cheyenne Autumn (1.964)

John Ford se acerca a la despedida del cine con esta película pensada para saldar deudas con los nativos americanos. Excelentes fotografía de William Clothier y banda sonora de Alex North.
Hay un episodio pretendidamente cómico en Dodge City, donde James Stewart ejerce de Wyatt Earp, y es marshall, cirujano y tahúr. No me gusta tal y como está insertado. Tampoco me convence Sal Mineo, con el Método supurándole por la piel. Richard Widmark, Montalbán, Karl Malden, Dolores del Río, Edgard G. Robinson están magníficos, pero no pueden con el cansancio del maestro.

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19 noviembre 2006

She wore a yellow ribbon (1.949)

Segunda entrega de la trilogía de la Caballería,
que arranca con Fort Apache (1.948)
y culmina con Rio Grande (1.950).


Sgt. Hochbauer: [entra al bar con una patrulla para detener a Quincannon] You're under arrest, Quincannon. [Está arrestado, Quincannon]
Top Sergeant Quincannon: By whose orders? [¿Quién lo ordena?]
Sgt. Hochbauer: By order of Capt. Brittles. Are you coming peaceably? [Órdenes del Capt. Brittles. ¿Va a venir pacíficamente?]
Top Sergeant Quincannon: Laddie, I've never gone any place peaceably in me life. [Señorita, no he ido a ningún sitio pacíficamente en toda mi vida. [Posa el vaso y golpea al Sgt. Hochbauer]

Maravillosa.

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12 noviembre 2006

Fort Apache (1.948)

Afrontamos la primera parte de la trilogía de la Caballería apostados en el sofá con un Winchester de juguete y la sorpresa infantil por la pantalla en blanco y negro. En la tarde del sábado recorremos Monument Valley mientras la soberbia del Lt. Col. Thursday empuja a sus bravos a la muerte después de traicionar la palabra del Capt. Kirby York.
Entre tanto, los sargentos, Sgt. Quincannon, Sgt. Festus Mulcahy, Sgt. Beaufort y Sgt. Daniel Schattuck se entregan a la tarea de un hombre, destruir el whisky medicinal de la reserva india.
El cine fluye pausado, suave, desde el ojo infalible de John Ford al de sus estupefactos espectadores. Los hombres y sus mujeres, los padres y sus hijos, los conquistadores y sus conquistados, todos en una extraña armonía que el maestro va presentando con sutileza, compasión y cariño.
Ahora, She wore a yellow ribbon.

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