23 marzo 2014

Seis



Hace seis meses me monté en el cochecito azul, conduje seiscientos cincuenta kilómetros y llegué al mar.
Me topé con el azul mediterráneo de tus ojos azules y recorrí una ciudad antigua, silente y ordenada que conoceré corriendo por sus aceras, subiendo al anfiteatro, por la calle de los Caballeros y junto al cauce seco.
Desde la terraza de Fort Tarraco se ve el mar y cada mañana fotografío la playa y algunos barcos que esperan para irse o para llegar aunque nunca definitivamente. Aprendo cosas, leo libros y circulo enredado entre la música de Nick Cave, Neil Young y Pedro Burruezo.
Corro entre pinos, junto al pecio de un acueducto acosado y bordeo el muro del cementerio para llegar al hito que recuerda a los muertos, nuestra especialidad. Busco a Sobotka, comparto fotos de grúas, de desayunos en la playa, de nuestro chocolate después de cenar. Paso ratos en un andén y compongo ensaladillas rusas. Escribo apenas y mi cabeza bulle de letras, de destinos, de futuro.


Os echo de menos y algunas veces me pregunto si este diario no es más que el relato de mi vida entre un obituario y otro.
Ayer, con mi amigo D., recorrí la mecha de arena que va hasta la Punta de la Banya, con el mar a ambos lados, la memoria atrás y los folios en blanco adelante. 
Y entonces, en el escenario brumoso, entre flamencos rosas y nubes negrísimas, me dí cuenta.
Estoy vivo, seis meses después, estoy jodida y deliciosamente vivo.

a C., que me resucitó

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09 octubre 2013

Buscando a Sobotka



Monté en el cochecito azul con dos discos de Richard Hawley, un libro y una mochila llena de cables y cencerros. Conduje hasta el oceáno de los amaneceres y llegué a una nave azul encallada frente a un faro sin luz. La ciudad mediterránea está perlada de restos romanos y de hornos de pan. Algunas tiendas reciben con subtítulos en ruso y el cielo azul que saluda sus playas es del azul de tus ojos azules.
Corrí entre las calles empapado en sudor con el leve aplauso de mis nubes casi sin aire. Hablo con mis hijos y con vosotros entre horas y a todas horas, buscando en las voces filtradas por el teléfono el resuello necesario para afrontar el viaje que será a dónde no sabemos. Atropello las madrugadas entre botellas de agua y arpas despertadoras, escudriño desayunos y fotografío estampas nuevas y viejas, a cada momento bajo la bóveda azul de las ciudades que miran al mar.
El mar trae cultura, bobinas de acero y granos de maíz. El viento me acerca vuestros ecos y abanica mis soledades. Mis piernas me llevan entre anfiteatros y murallas, entre botigues y sonrisas chinas, entre un ayer calcinado y el porvenir que tímidamente asoma entre olas rizadas levemente.



Volví a Innisfree con el coche tuerto y el sol perfilándome los horizontes con una luz tan naranja como despiadada. Será el castigo por huir del mar. Abracé y me abrazaron, paseamos por la ciudad gris buscando el rastro del viento y de los días felices y el sábado amanecí con tu voz y el domingo con dos niños en la cama, mis dos tesoros. Estuve en Fort Henry y allí, os lo juro, reinaba el aroma de una niña que se llama O. y que algún día será una rosa blanca.



Me despedí de todos con una alambrada en la garganta y con el cantarío narcotizante de Nusrat Fateh Ali Khan enfilé el camino que te lleva hasta los amaneceres. Escribió MVM por boca de Carvalho que en invierno viajáramos al sur. Yo me acerco al mar mientras espero mi destino en los mares del Sur, donde el cielo siempre es azul y el horizonte es más azul aún.
Os lo iré contando.
Ah, y Sobotka no aparece.

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