13 agosto 2007

El vergel

Este verano, tras un año de incidentes, terminé El guardián del vergel, la interesantísima primera novela de Cormac McCarthy. Días después, visité El vergel. Casi ocho años después de la primera visita, y con el heredero ya fuera de su madre.
En El vergel hay un chalet de piedra que cada temporada le va ganando terreno al magnífico jardín. Laika, una samoyedo blanca, satisfecha, algodonosa y feliz tiene su propio acomodo y el proyecto de conejera es un comedor abierto al paisaje adornado con la orla de los Ingenieros Ingeniosos.
Como buen vergel tiene un guardián. Robusto, sincero, socarrón y bromista. Con la barba blanca coronada por un bigotón noventayochista que sugiere a los niños un Papa Noel forzudo y animoso. En su despacho hay un torno, taladros, muchísimas herramientas y un yunque que fue despertador implacable en tiempos pretéritos. A cambio de soldar un peine de segar consigue un lacón al horno de panadería. Es un mago.
El vergel tiene un hada. Dulce, prudente, interesante. Un hada amable que pinta y regala su arte a una niña observadora que se asombra en la buhardilla tras pedir permiso para tumbarse en la cama gigante. También dibuja halagos para los excesos que se ocultan tras una vestimenta azul oscuro.
El vergel se asegura su futuro con otra niña, todavía más pequeña, más pizpireta. Una espoleta para la inspiración de sus abuelos. Cuando regresemos habrá más cuadros, más habitaciones, menos jardín, más felicidad.