26 febrero 2006

General Pardiñas, cuarenta y …

Los hermanos pequeños andan en limousina por Manhattan y mientras me hago cargo de la base en Madrid.
Las paredes están enteladas de acrobacias, carcajadazas y voces, hay gorras de plato y el cerdito de peluche de Fósforo-8 me mira desde la estantería. Un tiburón de madera lo acompaña triste, tan lejos de los mares donde caza al lado del niño que hace surf sin temerle a nada.
La chica de mirada oceánica y yo otra vez novios entre bares, tomates y cigalas. Con los buenos amigos (gracias Rosalía y Jerónimo) jugamos a encontrar tesoros entre jeroglíficos y bugres (aquí, bogavantes). Corremos entre manifestaciones de jubilados y llegamos a tiempo de que Rosa María Sardá nos enseñe a morir de cáncer entre poemas metafísicos y el tan falso ¿cómo nos encontramos hoy?. A la vuelta del teatro Real cenamos, reímos y nos mojamos esperando el abrazo blanco del meteoro helador.
Volvemos a Fort Apache acosados por la nieve y el abrazo pendiente con los hijos, único motor cierto de nuestros pasos por la Historia.