09 junio 2010

No hay que morir dos veces (2.009)


Méndez entró en el gran comedor. Todas las mesas estaban dispuestas para el próximo banquete, todas las copas brillaban, todas las servilletas eran como quietas banderas de paz, y hasta la luz tenía algo de eternidad dorada. Todo estaba dispuesto para los próximos novios, la próxima felicidad en turno de espera, y sin embargo nunca el viejo policía había visto una tristeza mayor, una soledad tan profunda y tan muerta.

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