01 julio 2009

Tío Juan

Para el poeta su infancia fue recuerdos de un patio de Sevilla. Para Sánchez Bolín es la escuela de montar en bicicleta que disfrutamos en el almacén que gobernaba tío Juan. Ayer escogió el camino enrevesado que termina en nuestro destino, ése en el que descansaremos todos, juntos otra vez.
Pasamos las tardes de lluvia mirando la calle, escondidos tras la cortina de agua que limitaba al oeste con el almacén. Aquella mesa pulcra, con el cristal que congelaba las verdades, las fichas escritas con la letra firme, angulada, azul. La pumará mágica, el vergel a la espalda de la carretera, el fragor del verde tras los edificios grises. Y recuerdo aquel día en el once, con el poder del hierro escondido en la cintura, sabes, Pedrín, por si viene el oso.
Hace un verano conversé con esos ojos azules que fueron trampantojo de una avioneta legendaria. Aquellas cabezas blancas como antorchas de porcelana. Y la conversación fragante y pícara.
Llegó el oso, nadie piense que vino tarde, bajó a buscarlo demasiado pronto. Y se lo lleva a hombros hasta la calle empinada y estrecha en la que las parejas eternas se reúnen de nuevo. Hasta esa otra eternidad. La que nos deja huérfanos, rotos, tristes.
Solos.