14 marzo 2008

Fronteras

Montado en el cochecito azul me asomo a un día de aire limpio. Veo un bolso naranja que es una rueda y me pregunto si llegaré a tiempo. Mis pensamientos retumban. Hace meses que no sufro la radio en el cochecito. Todos los cabos están están enredados, los sueños explotan como pompas/bombas de jabón. El heredero lee a J.K. Rowling y yo sigo conversando con Wilder, de los Wilder de toda la vida. Don Blas de Lezo tendrá una calle y el sargento Kirby tiene, desde tiempo ha, una avenida en mi corazón.
Leo otra vez a Nick Cave, el hombre de frontera. Como dijo Chingachgook, one day will be no more frontiers, but once we were here. Nevada Smith vengó a sus padres, no hubo causa más justa. Sarah buscó a su hijo, no se vio tesón tan magnífico. Uncas cayó degollado. Los bosques lloraron y presentaron un nuevo tiempo. No hay frontera, todo está ya conquistado.
Escribo apresurado en un teclado jibarizado, mecido en el traqueteo indecente de miles de millones de euros. Agazapados en una fantasía de libros, en el universo de los chalecos de cuero y forros de badana negra; aturdidos ex-profeso en el tráfago aleatorio de un iPod de cuarenta y cinco euros; escondidos en la duermevela miserable; ahí buscamos la explicación que no existe. Ahí: en la frontera trazada para nosotros, sólo para nosotros.